Por: AB
Hay algo curioso en la política internacional: mientras más problemas tiene un país en casa, más ganas parecen darle a algunos gobiernos de decirle al resto del mundo cómo deben hacer las cosas.
Y Donald Trump volvió a demostrarlo en la ONU.
Ante la Asamblea General, el presidente estadounidense habló de Irán, Cuba, Venezuela, Ucrania, Rusia, Israel, inteligencia artificial y hasta del papel de los organismos internacionales. Se presentó, nuevamente, como el hombre que tiene respuestas para buena parte de los problemas del planeta.
El problema es que, mientras Trump parece tener tiempo para meterse en medio mundo, Estados Unidos también tiene suficientes asuntos propios que resolver.
Y no son precisamente pequeños.
La guerra con Irán ya lleva meses y Trump volvió a defender ante la ONU la decisión de iniciarla, mientras amenaza con “aniquilar” al régimen iraní si no acepta un acuerdo. Su argumento es la seguridad estadounidense y evitar que Irán desarrolle armas nucleares; pero alrededor del conflicto también está el enorme interés estratégico de Estados Unidos por mantener influencia en Medio Oriente y respaldar a Israel.
Y ahí aparece la primera pregunta de este Mundo al revés:
¿Cuántos países necesita intervenir Estados Unidos para sentirse seguro?
Porque después de Irán viene Venezuela. Luego Cuba. Está Ucrania y Rusia. Está Israel y Palestina. Está China. Está Groenlandia. Está prácticamente medio mapa sobre la mesa.
Trump incluso habló en la ONU de que “la libertad” llegará a Cuba, mientras su gobierno mantiene una política de fuerte presión sobre la isla.
La bandera de la libertad es, sin duda, una bandera muy bonita. Pero también habría que preguntarse si todas las intervenciones que se hacen en nombre de ella terminan produciendo realmente libertad o simplemente cambian quién tiene el control.
Basta con ver el caso de Venezuela. Realizó una invasión histórica, para llevarse a Nicolás Maduro, pero hoy en día sigue el mismo régimen, nada ha cambiado para los Venezolanos.
Y mientras tanto, en casa…
Estados Unidos enfrenta una discusión complicada por el costo de vida, el precio de los combustibles y el acceso a la atención médica. Apenas este mes, el gobierno anunció la cancelación de coberturas de Obamacare para alrededor de 760 mil personas, argumentando problemas de elegibilidad y posibles fraudes.
El propio impacto económico de la guerra con Irán también está tocando a los estadounidenses. El precio de la gasolina ha aumentado y el tema se ha convertido en una preocupación para familias y empresas.
Entonces resulta inevitable pensar:
¿No sería conveniente arreglar primero la casa antes de querer remodelar la casa del vecino?
Porque una cosa es que Estados Unidos tenga intereses legítimos en el exterior y otra muy distinta es asumir que tiene la obligación de convertirse en policía, juez y, cuando hace falta, hasta bombero del planeta.
Y aquí aparece otra contradicción interesante.
Trump cuestiona a la ONU, critica organismos internacionales y habla de soberanía estadounidense. Pero al mismo tiempo, utiliza el escenario de Naciones Unidas para hablarle al mundo de lo que Estados Unidos considera que debe hacerse.
Es decir: la ONU sirve cuando el micrófono está enfrente, pero parece estorbar cuando otros quieren cuestionar a Washington.
Y algo parecido ocurre con los medios.
Mientras Trump habla de defender la libertad frente a gobiernos extranjeros, su administración mantiene una confrontación abierta con medios de comunicación dentro de Estados Unidos. CNN, Politico y MS NOW fueron excluidos del acceso a la Casa Blanca, una decisión que los medios afectados llevaron a los tribunales y que ha provocado un fuerte debate sobre libertad de prensa y acceso de periodistas al poder.
Y ahí es donde el asunto deja de ser solamente geopolítico.
Porque la libertad no puede ser una palabra que funciona únicamente cuando sirve para criticar al gobierno de otro país.
Si se habla de libertad en Cuba, también hay que hablar de libertad de prensa en Washington. Si se habla de democracia en Venezuela, también hay que cuidar las instituciones democráticas en casa. Si se habla de seguridad en Medio Oriente, también hay que explicar cuánto le cuesta esa seguridad al ciudadano estadounidense que paga gasolina, alimentos, vivienda y atención médica.
No se trata de decir que Estados Unidos no deba intervenir en asuntos internacionales. Tampoco de negar que Irán, Rusia, Venezuela, Cuba o cualquier otro país tengan problemas propios.
Se trata de algo mucho más sencillo:
los problemas también se arreglan desde adentro.
Trump parece convencido de que Estados Unidos debe ser más fuerte, más poderoso y más influyente que nunca. Y puede defender esa visión. Pero el poder también tiene una paradoja: mientras más grande es el ego de quien lo ejerce, más difícil puede resultar reconocer que la propia casa tampoco está en orden.
Quizá por eso el discurso de Trump ante la ONU terminó pareciendo, por momentos, menos una radiografía del mundo y más una demostración de hasta dónde alcanza el brazo estadounidense.
Irán, Cuba, Venezuela, Ucrania, Rusia, Israel, China, Groenlandia…
Todos tienen un problema.
Y Trump tiene una solución.
Qué conveniente.
Solo falta saber quién está pendiente de los problemas de Estados Unidos.
Porque en este mundo al revés, el vecino quiere arreglarle la casa a todos mientras todavía tiene goteras en la suya.