Por: LOGAN.
El 3-1 ante Atlético La Paz no solo dejó herido a Correcaminos: volvió a poner bajo la lupa el proyecto, sus resultados y la narrativa que lo acompaña.

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Hay derrotas que se explican en una cancha.
Y hay derrotas que obligan a mirar mucho más a fondo.
La de Correcaminos ante Atlético La Paz, ese 3-1 que terminó por llevarse los tres puntos y dejar al equipo con 12 unidades después de nueve jornadas, no debería analizarse únicamente desde el marcador.
Porque el verdadero problema del Correcaminos no necesariamente está en perder un partido. El problema comienza cuando no se acepta para qué se está compitiendo y para qué está hecha la categoría de la Liga de Expansión.
Cuando se presentó el nuevo proyecto encabezado por Gabriel “Místico” Pereyra, el discurso institucional habló de un equipo altamente competitivo, de recuperar a la afición y de construir un conjunto que representara con orgullo a la UAT y a Tamaulipas. Pero en ese mismo contexto también se habló del deporte como una herramienta de formación para los jóvenes.
Entonces vale la pena hacer una pregunta:
¿Qué quiere ser Correcaminos?
¿Un equipo desesperado por demostrar que puede ganar una categoría que, por su propia naturaleza, es para desarrollar futbolistas?
¿O una institución capaz de entender que competir y formar no son objetivos enemigos?
Porque ahí es donde parece estar la confusión. La Liga de Expansión no es una carrera de resultados inmediatos que termine justificando cualquier decisión con tal de sumar tres puntos. Su verdadero valor está también en formar, proyectar y darle oportunidades a los jóvenes.Y eso exige algo que en el fútbol mexicano parece cada vez más difícil: No hay ascenso, no hay paciencia.
No significa regalar partidos. No significa aceptar derrotas como normalidad.
No significa esconder errores detrás de un discurso romántico sobre el desarrollo.
Significa entender que un proyecto deportivo se mide por mucho más que una tabla de posiciones. Porque si cada tropiezo provoca que se cambie el rumbo, que se privilegie únicamente al jugador experimentado, que el joven quede relegado y que todo vuelva a girar alrededor de la urgencia por ganar el siguiente partido, entonces la realidad nos dice que no existe proyecto. Existe reacción, y Correcaminos no puede vivir reaccionando.
Después de un inicio prometedor, llegaron el empate ante Durango, la humillante derrota ante Piratas, el desastroso empate frente a Cancún y ahora la derrota ante La Paz, quién los borró del campo, logrando hasta más de 25 pasos completos en cancha de Correcaminos. El propio cuerpo técnico ha hablado de corregir, mejorar y consolidar los marcadores.
Perfecto. Pero corregir no debería significar abandonar la idea. Porque si el proyecto depende exclusivamente del resultado del viernes, entonces el proyecto no es un proyecto. Es un marcador. Y ahí está la diferencia que Correcaminos debería empezar a entender.
No se trata de escoger entre ganar o formar. Se trata de construir una estructura donde los jóvenes tengan realmente oportunidades, donde competir sea una consecuencia del trabajo y donde el resultado no termine convirtiéndose en la única medida de todo.
Porque decir que se quiere formar jóvenes es sencillo. Lo difícil es ponerlos a jugar cuando el partido está caliente. Lo difícil es sostenerlos cuando cometen errores.
Lo difícil es permitirles crecer sin que cada equivocación sea interpretada como una sentencia. Lo difícil, en pocas palabras, es hacer que el discurso tenga minutos en la cancha.
Y mientras tanto, el próximo viernes aparece la Jaiba Brava en el Marte R. Gómez.
El Clásico Tamaulipeco siempre tendrá presión, historia y ruido. Pero precisamente por eso será interesante observar qué pesa más: la urgencia por ganar un partido… o la obligación de demostrar que realmente existe un proyecto.
Porque ganar el clásico puede aliviar una semana. Pero construir una identidad puede cambiar años. Y Correcaminos necesita decidir qué quiere perseguir.
El resultado inmediato o el rumbo. Porque cuando se confunden ambos, el problema ya no está en la cancha. Está en la idea. Y Correcaminos lleva tiempo rodeado de una narrativa peligrosamente cómoda: que hay que tener paciencia, que el torneo es largo, que el equipo está en construcción, que hay que confiar en el proyecto, que todavía queda mucho campeonato.
Todo eso puede ser cierto. Pero también puede ser la manera más elegante de no hacer las preguntas incómodas.
¿Dónde está el proyecto?
¿Dónde está la formación?
¿Dónde está la proyección de jóvenes?
¿Y cuándo exactamente se va a dejar de utilizar la palabra “proceso” como comodín para explicar cualquier cosa?
Porque el problema no es perder. El problema es que en Correcaminos perder se ha vuelto demasiado fácil de explicar.
Si gana, se habla de recuperación.
Si empata, de aprendizaje.
Si pierde, de ajustes.
Si juega mal, de circunstancias.
Si un joven no aparece, de que “todavía no está listo”.
Y si alguien cuestiona el proyecto, entonces resulta que no está apoyando.
No.
El periodismo deportivo no está para apoyar.
Está para preguntar.
Y una afición tampoco necesita que le expliquen por qué perdió su equipo como si fuera incapaz de entender un marcador.
Necesita información, necesita contexto y necesita análisis objetivos. y, sobre todo, necesita que alguien tenga el valor de decir cuando las cosas no están funcionando. Porque el periodismo que solamente acompaña al club en los buenos momentos no es periodismo. Es relaciones públicas con marcador. Correcaminos está en una categoría cuyo propósito tiene una particularidad que no debería olvidarse: formar, proyectar y dar oportunidades.
Entonces habría que dejar de medir todo exclusivamente con la tabla. Pero cuidado: eso tampoco significa utilizar la formación como salvoconducto para justificar malos resultados. Ese sería exactamente el mismo error, pero del otro lado. Formar no significa competir sin exigencia y competir no significa abandonar la formación.
Ahí está la discusión que verdaderamente importa, lo demás es ruido. Porque si el discurso institucional habla de jóvenes, oportunidades y desarrollo, hay que revisar cuántas oportunidades existen realmente.
Si el discurso habla de competitividad, hay que revisar el funcionamiento del equipo y si el discurso habla de proyecto, hay que preguntar cuál es ese proyecto.
No dentro de seis meses, es hoy. Porque los proyectos deportivos no se construyen con comunicados. Se construyen con decisiones, con minutos, con continuidad, con metodología, con identidad real y no “leal”.
Por eso resulta demasiado cómodo reducir todo al resultado del viernes, el 3-1 ante La Paz es solamente el síntoma, la enfermedad, si existe, está en la ausencia de una discusión más profunda y esa discusión también corresponde a algunos medios.
Porque se cuentan solo los goles, presentar alineaciones, reproducir declaraciones y anunciar el próximo partido, pero el verdadero periodismo empieza cuando termina el boletín. Cuando alguien pregunta ¿por qué? Cuando alguien contrasta el discurso con la realidad.
Cuando alguien se atreve a decir:“Esto no alcanza.”, no para destruir, no para generar polémica barata, sino porque exigir también es una forma de respetar al futbolista, al proyecto y a la afición.
El próximo viernes viene el Clásico Tamaulipeco y seguramente aparecerán otra vez las mismas palabras: pasión, orgullo, historia, entrega, compromiso, todas muy bonitas, pero después de 90 minutos quedará lo verdaderamente importante:
qué hizo Correcaminos con todo eso.
Porque una cosa es perder un partido.
Otra es acostumbrar a las explicaciones por qué se perdió.
Y una tercera, mucho más peligrosa: que actualmente a la afición ya la asfixiaron con cortinas de humo.