Por: Logan
Hay derrotas que duelen por el resultado. Y hay otras que duelen porque terminan exhibiendo, sin filtro, todo aquello que una institución no ha sido capaz de resolver.

La caída de Correcaminos ante Dorados de Sinaloa por 2-1, con un gol al minuto 90, no es solo una derrota más. Es el síntoma de una crisis que ya no admite maquillaje. El propio club informó que el equipo sumó su quinta derrota del Apertura 2026, con apenas 16 puntos de 39 disputados, y termina en la posición once de la clasificación general. Cifras que no solo cuestionan el rumbo deportivo: cuestionan de frente la capacidad administrativa de quienes hoy dirigen la institución.
Pero la pregunta ya no es cuánto perdió Correcaminos. La situación es crítica y el tiempo se acabó.
Hace aproximadamente un año, con la llegada de Armando Arce Serna a la presidencia del club, comenzó una nueva etapa administrativa. El discurso de cambio generó expectativas (para mí no) y, como ocurre cada vez que una directiva asume el control, el tiempo debía convertirse en resultados. Resultados claros. Resultados medibles. Resultados que hoy simplemente no existen.
Hoy, con el Apertura 2026 cerca de concluir, es más que justo y necesario hacer una evaluación seria y sin concesiones.
¿Dónde está el proyecto deportivo que debía marcar una diferencia? ¿Cuáles fueron los objetivos establecidos al inicio de la gestión? ¿Qué indicadores permiten medir su cumplimiento? ¿Qué avances concretos puede presentar la directiva en la construcción de un equipo competitivo?
La respuesta es demoledora: casi nada. Lo único que puede presumir esta administración en un año de gestión es haber logrado la reducción de sanciones mediante apelación para algunos jugadores y para el entrenador Gabriel Pereyra. Siendo muy realistas, no se puede presumir eso. Es lo único visible. El resto es vacío.
No alcanza esta temporada, presentar declaraciones o explicar una derrota. Una institución deportiva necesita una ruta, una identidad y objetivos verificables. Necesita saber qué quiere construir, cómo piensa hacerlo y quiénes serán los responsables de llevarlo a cabo.
Y esa es precisamente la discusión que quienes administran Correcaminos no han logrado esclarecer. Siguen postergándola. Siguen escondiéndose detrás de discursos.
EL CAMBIO QUE NO TERMINA DE VERSE.
Una de las mayores preocupaciones no está únicamente en los resultados del primer equipo, sino en la ausencia total de un proyecto integral que sea público, comprensible y susceptible de evaluación.
No se trata de exigir que una directiva garantice campeonatos. Ninguna administración puede prometer victorias permanentes. Se trata de exigir planificación, decisiones coherentes y una estructura deportiva capaz de sostener un proceso más allá de un torneo.
¿Existe un proyecto deportivo formalmente presentado a la afición? ¿Hay objetivos claros para el primer equipo y las fuerzas básicas? ¿Se ha explicado cómo se pretende desarrollar talento, fortalecer la identidad futbolística y construir una plantilla competitiva?
Son preguntas legítimas. No son ataques personales ni exigencias desmedidas. Son parte de la responsabilidad mínima que acompaña a cualquier administración que tiene en sus manos una institución con historia, afición y representación universitaria.
No se conocen los objetivos. No se comunican. Y tampoco respaldan el discurso con los hechos. Hay otro aspecto que merece atención y que agrava el problema: la comunicación institucional.
Durante una gestión deportiva, la comunicación no debería limitarse a transmitir la versión oficial de los acontecimientos. Su función también consiste en explicar decisiones, abrir espacios para preguntas no acomodadas y permitir que la afición conozca el estado real de su equipo.
Las entrevistas acomodadas para la administración actual de Correcaminos en los programas de contenidos deportivos y las apariciones públicas perdieron toda credibilidad cuando se limitaron a repetir mensajes sin profundizar en las decisiones que verdaderamente importan. La institución no se fortalece evitando las preguntas o acomodando preguntas. Se fortalece cuando puede responderlas con dentro y fuera del campo.
Hoy el panorama es más que claro. El tiempo se acabó. Y con él se abre, otra vez, la oportunidad de hacer cambios de verdad. De mover las piezas. De decidir quién preside Correcaminos.
No es una idea nueva. En torneos anteriores, con menos resultados incluso, ya se movían las piezas para cambiar de presidente. La misma afición apretaba férreamente, tanto en la grada como en redes, para exigir la salida de quien no entregaba. Hoy ese tema apenas comienza a abrirse de nuevo. La puerta se está empujando.
Imaginemos, entonces, que ante este panorama se exija de una vez por todas un informe por torneo a quien o a quienes administren el ave azul, naranja y blanco. Que se muestre todo lo viable por tema de transparencia. Que quien no dé resultados sea revocado de su puesto.
En Correcaminos lo menos que existe es paciencia, el tiempo se acabó. La puerta está abierta para lo que sigue.