Hay historias que parecen escritas al revés. Historias en las que un mapa deja de ser solamente un mapa y se convierte en una discusión sobre soberanía, pobreza, oportunidades, derechos humanos, fronteras y, sobre todo, personas.
Lo que está ocurriendo entre Marruecos y España, particularmente alrededor de Ceuta, vuelve a poner sobre la mesa uno de los problemas más complejos de Europa: la migración.
Y antes de hablar de números, gobiernos, leyes o fronteras, habría que hablar de seres humanos.
Porque detrás de cada persona que cruza una frontera hay probablemente una familia, una guerra, persecución, pobreza o simplemente la esperanza de encontrar una vida mejor. Pero también existe otra historia humana que pocas veces aparece con la misma intensidad: la de quienes viven en las ciudades que reciben de golpe a miles de migrantes y también tienen derecho a sentirse seguros, atendidos y protegidos por su gobierno.
Ahí comienza el verdadero problema.
Ceuta: una ciudad española en África
Para entender lo que ocurre hay que mirar el mapa. Ceuta y Melilla son ciudades españolas situadas en el norte de África, y representan los únicos límites terrestres de la Unión Europea con África. España también mantiene bajo su soberanía territorios como los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, las islas Chafarinas y el islote de Perejil, mientras que las Islas Canarias son un archipiélago español frente a la costa africana.
La geografía hace todavía más particular la crisis migratoria. Ceuta está prácticamente rodeada por Marruecos y Melilla vive una situación semejante. Canarias, aunque mucho más alejada de la península, también se encuentra mucho más cerca de África.
Las fronteras políticas no siempre siguen las fronteras geográficas.
Y ahí aparece inevitablemente otro viejo conflicto: Gibraltar, territorio británico situado en la península Ibérica y cuya soberanía reclama España. Pero esa es otra historia.
¿Las leyes están incentivando la migración?
Aquí creo que debemos tener cuidado con una frase que se repite demasiado: que España simplemente “abrió las puertas”.
No es tan sencillo.
España tiene obligaciones nacionales, europeas e internacionales en materia de asilo, protección de menores y derechos humanos. Por ejemplo, la legislación establece mecanismos de protección para los menores extranjeros no acompañados y procedimientos específicos para determinar qué ocurre con ellos.
Esto no significa que las leyes necesariamente “incentiven” la migración, pero sí existen efectos prácticos que los gobiernos deben analizar. Cuando una persona sabe que al llegar como menor recibirá protección, alojamiento y asistencia, esa información puede influir en las decisiones migratorias y también ser aprovechada por redes de tráfico de personas.
Eso es muy distinto a decir que el menor que cruza la frontera sea culpable de hacerlo.
Marruecos tampoco puede reducirse a un villano
Marruecos tiene una posición geográfica que lo convierte en puerta de entrada hacia Europa para personas provenientes de distintos países africanos.
España necesita a Marruecos tanto como Marruecos necesita a España. Seguridad, comercio, turismo y control migratorio forman parte de una relación que difícilmente puede romperse sin consecuencias para ambos.
Por eso tampoco me convence convertir cada crisis migratoria en una conspiración.
Sí, la migración puede convertirse en una herramienta de presión diplomática, pero si ocurrió en determinado momento corresponde a los gobiernos demostrarlo y actuar por las vías diplomáticas.
No corresponde al ciudadano común cargar con ese conflicto.
Y aquí México debería entenderlo mejor que nadie
Quizá nosotros, los mexicanos, tenemos pocas razones para mirar esta historia desde una posición de superioridad.
Durante décadas, millones de mexicanos han cruzado hacia Estados Unidos buscando exactamente lo mismo que muchos de quienes hoy intentan llegar a Europa: trabajo, seguridad, oportunidades y una vida mejor para sus familias.
Y también conocemos la otra cara de la moneda. Sabemos lo que significa que nuestros connacionales sean detenidos, deportados o separados de sus familias.
Por eso podemos entender al migrante que cruza, pero también deberíamos entender al ciudadano de Ceuta que se pregunta si su ciudad tiene capacidad para recibir a miles de personas.
Podemos indignarnos ante un trato inhumano hacia un migrante, pero también debemos hacerlo cuando una población local queda desbordada, cuando los servicios públicos no alcanzan o cuando una ciudad termina convertida en escenario de una disputa diplomática.
El migrante no es el enemigo
El problema migratorio no se resuelve odiando al migrante.
Tampoco ignorando las preocupaciones de quienes reciben la migración.
España tiene derecho a controlar sus fronteras. Marruecos tiene derecho a defender sus intereses. Europa puede establecer quién ingresa a su territorio. El ciudadano español tiene derecho a exigir seguridad y servicios suficientes.
Pero el migrante también tiene derecho a no ser tratado como delincuente por el simple hecho de buscar una vida mejor o como instrumento político de un gobierno contra otro.
Y un menor que llega solo tiene todavía más derecho a ser protegido.
Quizá deberíamos preguntarnos algo mucho más básico: ¿qué haríamos nosotros si mañana nuestra única opción para salvar a nuestros hijos fuera cruzar una frontera?
Esa pregunta cambia completamente la conversación.
Porque cuando hablamos de migración solemos hablar de números, estadísticas, deportaciones, muros, vallas y leyes.
Pero detrás de cada número hay una persona.
Y también detrás de cada frontera.
España no tiene que escoger entre proteger sus fronteras o respetar a los migrantes. Puede y debe hacer ambas cosas.
Lo mismo que Estados Unidos puede proteger su frontera sin olvidar que los mexicanos que llegan a su territorio no dejan de ser seres humanos.
Quizá eso sea lo más incómodo de este Mundo al revés: que cuando observamos una crisis migratoria desde lejos, todos creemos saber quién tiene la razón.
Hasta que nos toca estar del otro lado de la frontera.