En 1834, el ketchup dejó de ser solo una salsa para convertirse en un supuesto tratamiento médico. Un médico estadounidense aseguró que el tomate tenía propiedades curativas y promovió el condimento como remedio para diversos padecimientos digestivos, dando origen a una de las modas medicinales más curiosas de la historia.
Hoy es el acompañante habitual de hamburguesas, papas fritas y hot dogs, pero hace casi dos siglos el ketchup era recomendado por médicos como un tratamiento para la salud. En 1834, el doctor estadounidense John Cook Bennettpromovió el consumo de ketchup elaborado con tomate como una alternativa para aliviar problemas como la indigestión, la diarrea, la ictericia e incluso el reumatismo.
La teoría de Bennett surgió en una época en la que la medicina aún carecía de muchos de los métodos científicos actuales. Convencido de que el tomate poseía importantes propiedades terapéuticas, publicó artículos y recetas donde defendía su consumo frecuente. Incluso impulsó la fabricación de concentrados y “píldoras de tomate”, una presentación que buscaba facilitar su distribución como medicamento.
Paradójicamente, apenas unas décadas antes muchos estadounidenses desconfiaban del tomate, pues existía la creencia de que era un alimento venenoso debido a su parecido con plantas tóxicas de la familia de las solanáceas. La campaña de Bennett contribuyó a cambiar esa percepción y ayudó a popularizar el tomate entre la población.
El éxito comercial fue inmediato. A partir de 1837 comenzaron a aparecer fabricantes que distribuían extractos y píldoras de tomate, promovidas como remedios para diversos males digestivos. Sin embargo, el auge también atrajo a numerosos imitadores que comercializaban productos fraudulentos, muchos de ellos sin contener tomate y con afirmaciones exageradas sobre supuestos beneficios para la salud.
Con el avance del conocimiento médico y la ausencia de pruebas científicas que respaldaran aquellas propiedades curativas, la moda del ketchup como medicina perdió credibilidad. Hacia la década de 1850, las llamadas “píldoras de tomate” prácticamente habían desaparecido del mercado.
Décadas más tarde, el ketchup encontraría su verdadero destino. En 1876, la empresa Heinz lanzó una receta más estable y segura, elaborada con tomates maduros, vinagre, azúcar y especias, que terminaría convirtiéndose en el condimento que hoy se consume en prácticamente todo el mundo.
Aunque actualmente se sabe que el tomate es una fuente importante de licopeno, vitaminas y antioxidantes beneficiosos para la salud, no existe evidencia científica que respalde el uso del ketchup como tratamiento para enfermedades digestivas. La historia permanece como una curiosa muestra de cómo evolucionaron la medicina y la alimentación durante el siglo XIX.