Llegamos a la final. España y Argentina disputarán el título del Mundial 2026 y, en lo futbolístico, no hay mucho que reclamar. Dos selecciones que hicieron méritos, que jugaron bien y que terminaron imponiendo condiciones en un torneo que, dentro de la cancha, ha regalado partidos memorables.
Pero fuera de ella… la historia es distinta.
Mientras millones seguimos emocionándonos con un gol, una atajada o una remontada, este Mundial también deja una reflexión que va mucho más allá del campeón. Quizá estamos presenciando el momento en que la Copa del Mundo dejó de ser el torneo del pueblo para convertirse en un espectáculo de lujo.
Este fue el Mundial de los récords.
El de más selecciones, más partidos, más sedes, más kilómetros recorridos… y también el más caro de la historia para quien quiso vivirlo en persona.
Conseguir un boleto no fue suficiente. Había que pagar hospedajes con tarifas disparadas, vuelos impagables, transporte, alimentos y, en muchos casos, boletos cuyos precios parecían más cercanos a un evento de élite que al torneo que durante décadas unió a familias enteras alrededor de un estadio.
Y es ahí donde surge la duda.
¿Hasta dónde puede crecer un Mundial sin perder su esencia?
La FIFA ha apostado por expandir el torneo, abrir espacios para más países y convertirlo en un espectáculo cada vez más grande. Deportivamente, la idea tiene argumentos. Más naciones pudieron cumplir el sueño de participar y millones de aficionados vieron a su selección en una Copa del Mundo por primera vez.
Sin embargo, esa expansión también vino acompañada de una realidad difícil de ignorar: cada vez es más complicado para el aficionado común formar parte de la fiesta.
Lo que antes era el sueño de ahorrar durante cuatro años para seguir a tu selección, hoy parece reservado para quienes pueden desembolsar cantidades que, para la mayoría, simplemente son imposibles.
Poco a poco, el Mundial comienza a parecerse a otros grandes espectáculos deportivos, como la Fórmula 1, donde asistir dejó de ser una experiencia popular para convertirse en un evento exclusivo.
Y sería una lástima.
Porque el Mundial nunca fue solamente fútbol. Fue el padre llevando por primera vez a su hijo al estadio, el grupo de amigos recorriendo otro país con una mochila al hombro, las familias mezclándose en las tribunas sin importar el idioma o la bandera.
Ojalá que quienes toman las decisiones entiendan que el verdadero patrimonio de una Copa del Mundo no son los contratos comerciales ni los ingresos récord. Su mayor riqueza siempre ha sido la gente.
El domingo habrá campeón.
España buscará escribir otra página dorada en su historia. Argentina intentará volver a tocar la gloria. Uno levantará la copa y el otro se quedará a un paso.
Pero cuando se apague la última luz del estadio, quizá la pregunta más importante no sea quién ganó el Mundial.
Sino para quién sigue siendo el Mundial.